jueves, 1 de diciembre de 2016

Patito Feo


Era verano y el campo estaba precioso con los trigales amarillos, los prados verdes y el cielo azul. Cerca del bosque había una granja y allí se encontraba la señora pata empollando sus patitos. Estaba aburrida: los polluelos tardaban en salir y nadie iba a visitarla. Sus amigas preferían bañarse en el canal a estar de palique con ella

-¡vaya unas amigas! ¡Nunca están a tu lado cuando las necesitas!
Iba a seguir quejándose, cuando oyó el crujido de un cascarón.
-¡parece, que, por fin, van a salir del huevo!
-¡pio, pio, pio! –dijeron todos al asomar la cabeza.
-¡cua, cua, cua! –les respondió mamá pata, animándoles a que corriesen por la hierba.
-Jo, qué grande es el mundo!
-exclamó uno de los patitos, que estaba muy contento al ver que tenía más espacio que en el huevo.
-hijo, esto sólo es el corral de la granja. El mundo es muchísimo más grande y llega más allá del bosque que vemos a lo lejos.

Mamá pata paró de hablar, se quedó embobada mirando a sus patitos y exclamó:
-¡bueno, ya estáis todos aquí!
Entonces, la señora pata se levantó y descubrió un hubo grande, oculto entre la paja de su nido.
¡Lo que mie faltaba! ¡Aún queda un huevo! ¡Y qué grande y raro es! ¡No puede ser! en fin, terminaré de empollarlo…
En ese momento, pasó por allí una vieja pata que, tras mirar detenidamente el huevo, exclamó:
¡Es un huevo de pavo, no hay duda! lo sé porque una vez empolle uno. ¡Menudos problemas que tuve! por más que lo intentaba, no había manera de que el pollito se metiese en el agua.

Te aconsejo que dejes eses huevo y te vayas a nadar con tus patitos.
-llevo tanto tiempo acurrucada, que me da lo mismo esperar un poco más
Y la espera fue larga. Pero como todo llega en esta vida, el polluelo finalmente, rompió el cascarón del huevo
-¡piu, piu, piu!
La señora pata lo miró extrañada.
¡Qué grande es! ¿Será un pollo o un pavo?, en cuanto vea el agua lo sabré.
Y mamá pata se llevó a sus pollitos al canal.
¡Al agua, patos! grito mamá pata
Todos se tiraron al canal y nadaron incluso el patito enorme y feo
¡Este pollito también es hijo mío! ¡Y no es tan feo, solo hay que mirarlo con cariño!
Gritó mamá pata a los cuatro vientos.

Mamá pata salió del agua y espero a que hicieran lo mismo todos sus patitos. Cuando estuvieron a su lado les dijo:
-ahora, vamos a ir al corral. Quiero presentaros a nuestros vecinos. Procurad ser muy educados y no os separéis de mi lado. En el camino se encontraron con una pandilla de patos jóvenes que, al ver a la pata con sus patitos, se burlaron:
¡Como éramos pocos…! ¡Mirad esa birria! ¡Vaya pinta! –gritaban, señalando al patito feo.

No contentos con eso, uno de aquellos patos de acercó al patito feo y le dio un picotazo.
-¡déjale, grandullón! ¿No te da vergüenza? –Le grito mamá pata - ¿quieres que yo haga los mismo contigo?
La pata más noble del coral, que observaba atentamente la escena, también opino:
-la verdad es que tiene usted unos patos preciosos, pero ese  -dijo señalando al patito feo –no parece pato ni nada.
-señora, es verdad que el patito es grande. Pero si usted lo mira detenidamente, se dará cuenta de lo hermoso que es. Estoy segura de que, cuando sea mayor, será el más guapo de todos.

El pobre patito tuvo que aguantar aquella tarde muchísimos desprecios, empujones y picotazos hasta los pollos de las gallinas se burlaban de él.
Ése fue su primer día en el corral pero a partir de entonces, las cosas fueron de mal en peor. Incluso sus hermanos le gritaban:
¡Cuello largo, plumas cortas!

Todos los habitantes del corral lo maltrataban incluida la chica que les traía la comida. Tanto sufría el pobre patito feo  que, un buen día, se fue volando de allí.
Triste y solo, el patito feo caminó toda la tarde; al anochecer, cansado y hambriento, se echó sobre la hierba. En cuanto amaneció, lo despertaron las voces de dos patos silvestres. Uno preguntaba al otro
¿Habíais visto alguna vez un pato tan feo?
Los patos se echaron a reír y alzaron el vuelo.
Hubieran seguido riéndose, de no ser por los disparos de unos cazadores que acabaron con su vida. El patito, asustado, se escondió entre las cañas.

Al poco tiempo, oyó un ladrido a su espalda y se volvió. Un perrazo de fiero aspecto se le quedó mirando fijamente, puso cara de asco y se dio la vuelta.
¿Tan feo soy que ni los perros se atreven morderme?
Cuando los cazadores se alejaron de la laguna, el patito reanudó su marcha. A media tarde, vio una casa entre los árboles.

Como la puerta estaba abierta, entró, se acurrucó en un rincón y se quedó dormido.
Al amanecer, lo descubrieron el gato y la gallina que Vivian con una señora en aquella casa.
¿Sabes arquear el lomo y hacer ronrón? quiso saber el gato.
-no- contestó el patito feo.
¿Sabes poner huevos?
Le pregunto la gallina
-tampoco, contesto el patito
-pues si no sirves para nada, nuestra ama no va a querer que vivas con ella –dijo la gallina.
El patito, avergonzado por su inutilidad, agacho la cabeza y se fue.

Cuando el otoño llegó, el pobre pato seguía yendo de acá para allá. Comía lo poco que encontraba y dormía donde le pillaba el sueño. El tiempo fue pasando y llegó el invierno con la nieve y el hielo.

Un día que el pato nadaba en una charca, quedó aprisionado entre los hielos. Muerto de miedo, el pato lloraba y decía: ¡voy a morir, nadie podrá salvarme esta vez! , menos mal que un campesino lo vio. Le dio tanta pena el pobre animal, que lo sacó de la charca y se lo llevó a casa. Al verlo, su mujer exclamo: ¡que gracioso! voy  a avisar a los niños de que les has traído un pato.

Los niños se pusieron tan contentos que empezaron a gritar  y a perseguirlo para jugar con él. Pero como el patito creía que querían hacerle daño, se echó a volar y de un aletazo, tiró la jarra de la leche.
La mujer, muy enfadada, fue tras él con un palo  ¡menos mal que estaba abierta la puerta de la casa! el patito abrió las alas y no paró de volar hasta el bosque, donde se refugió entre unos matojos. No hubo ni un solo día de aquel invierno que el pobrecito no llorase su desgracia.
Y llegó la primavera. Una tarde que no sabía qué hacer, el patito se fue volando hasta el estanque de un parque y se sorprendió al ver tanta belleza.
¡Qué bonito es todo en este lugar! hay árboles flores y…
…..también había cisnes.

El patito se quedó tan embobado mirándolos que no pudo decir palabra. Tanto le gustaron aquellas hermosas aves, que decidió ir a su encuentro.
Mientras se acercaba se decía:
Estoy convencido de que me va a acribillar a picotazos. Pero ¡me da igual! nadie me impedirá contemplar tanta belleza.
Ya iba por la mitad del estanque cuando, de pronto, bajo la cabeza y observó su figura reflejada en las aguas cristalinas.
¡Es increíble! debo de estar viendo visiones!

Lo que el patito veía en el agua era el cuerpo de un cisne esbelto y elegante.
¡Ya no soy un pato feo! ¡Soy un cisne! ¡Soy yo!, dejo de mirarse y volvió a nadar. Mientras movía las patas, iba diciendo:
¿No será que el cansancio, el frío y el hambre me hacer ver lo que no hay?
Pero, entonces, oyó a unos niños que gritaban: ¡eh, mirar, mirad! ¡Hay otro cisne y es el más bonito de todos!


Poco después, los demás cisnes se acercaron a él para saludarlo. Entonces, el patito feo levantó la cabeza y se sentó inmensamente feliz. ¡Al fin había encontrado a los suyos!

Recuperado el 01/12/2016 en: Jimdo. Ilustración: Patito.
Es un trabajo realizado con fines educativo.

El Rey Rana


En aquellos tiempos lejanos en los que bastaba desear una cosa para conseguirla, vivía un rey que tenía unas hijas muy guapas, especialmente la pequeña, tan hermosa que hasta el Sol se maravillaba cada vez que sus rayos se posaban en el rostro de la muchacha.

Junto al palacio real se extendía un bosque grande y oscuro, y en él, bajo un viejo tilo, brotaba un manantial.

En las horas de más calor, la princesita solía ir al bosque a sentarse a la orilla de la fuente. Cuando se aburría jugaba con una pelota de oro, que tiraba al aire para recogerla después; era su juguete favorito. Una vez, en lugar de caer en su mano, la pelota fue a dar al agua. La princesa la siguió con la mirada, pero la pelota desapareció, pues el manantial era tan profundo que no se alcanzaba a ver su fondo. La niña se echó a llorar, y lo hacía cada vez más fuerte, sin consuelo, cuando en medio de sus lamentaciones oyó una voz que decía:
-¿Qué te ocurre, princesita? ¡Lloras tanto que vas a ablandar las piedras!
La niña miró a su alrededor, buscando de dónde venía la voz, y descubrió por fin una rana que asomaba su gruesa y fea cabezota sobre la superficie del agua.
-¡Ah! ¿Eres tú, vieja saltarina? -dijo-.  Pues lloro por mi pelota de oro, que se me ha caído en la fuente.

-Cálmate y llores más -replicó la rana-. Yo puedo arreglarlo. ¿Pero qué me darás si te devuelvo la pelota?
-Lo que quieras, mi buena rana -respondió la niña-. Mis vestidos, mis pelas y piedras preciosas; hasta la diadema de oro que llevo.
-No me interesan tus vestidos, ni tus piedras preciosa, ni tu corona de oro; pero si estás dispuesta a aceptarme como amiga y compañera de juegos, si dejas que me siente a tu lado en la mesa y que coma de tu platito y beba de tu vasito, si me prometes todo esto, bajaré al fondo y te traeré tu juguete.
-¡Oh, sí! -exclamó la niña-. Te prometo cuanto quieras con tal que me devuelvas la pelota.
Pero, para sus adentros, la princesita pensaba: "¡Qué tonterías se le ocurren a este animalejo! Tiene que estar en el agua con sus semejantes, croa que te croa. ¿Cómo va a convivir con las personas?"

Obtenida la promesa, la rana se zambulló en el agua, y al poco rato volvió a salir con la pelota en la boca. La soltó en la hierba, y la princesita, loca de alegría al ver de nuevo su juguete, lo recogió y echó a correr con él.
-¡Espera, espera! -exclamó la rana-.

¡Llévame contigo, no puedo alcanzarte, no puedo correr tanto como tú!
Pero de nada sirvió desgañitarse, y gritar "croac, croac" con todas sus fuerzas. La niña, sin atender a sus súplicas, seguía corriendo hacia el palacio, y no tardó en olvidarse de la pobre rana, que no tuvo más remedio que zambullirse en su charca.

Al día siguiente, la princesita estaba a la mesa, junto con el rey y todos los cortesanos, comiendo en su platito de oro, cuando oyó que algo subía fatigosamente las escaleras de mármol del palacio y, una vez arriba, llamaba a la puerta.
-¡Princesita, la menor de las hermanas, ábreme!
La niña corrió a la puerta para ver quién llamaba y al abrir se encontró con la rana. Cerró de un portazo y volvió a la mesa, llena de zozobra. Al observar el rey cómo le latía el corazón, le dijo:
-Hija mía, ¿de qué tienes miedo? ¿Acaso hay a la puerta algún gigante que quiere llevarte?
-No -respondió ella-. No es un gigante, sino una rana asquerosa.
-Y ¿qué quiere de ti esa rana?
-¡Ay padre querido! Ayer estaba jugando en el bosque, junto a la fuente, y se me cayó la pelota al agua. Mientras yo lloraba la rana me la trajo. Yo le prometí, pues me lo exigió, que sería mi compañera, pero jamás pensé que pudiese  alejarse de su charca. Ahora está ahí fuera y quiere entrar.

Entretanto, llamaron por segunda vez y se oyó una voz que decía:
-"¡Princesita, la más niña, ábreme! ¿No recuerdas lo que ayer me dijiste junto a la fresca fuente?
Dijo entonces el rey:
-Lo que prometiste, debes cumplirlo. Ve y ábrele la puerta.

La niña fue a abrir la puerta, y la rana saltó adentro y la siguió hasta su silla. Al sentarse la princesa, la rana se plantó ante sus pies y le gritó:
-¡Súbeme a tu silla!
La princesa vacilaba, pero el rey la ordenó que lo hiciese. De la silla, el animalito quiso pasar a la mesa, y, ya acomodado en ella dijo:
-Ahora, acércame tu platito de oro para que podamos comer del mismo lugar.
La niña hizo como la rana le ordenó, pero a regañadientes. La rana engullía muy a gusto, mientras a la princesa se le atragantaban todos los bocados. Por fin, la rana exclamó:
-¡Estoy llena y cansada! Quisiera dormir un rato en tu camita de seda.

La princesita se echó a llorar; le repugnaba aquel bicho frío y viscoso al que ni siquiera se atrevía a tocar, y ahora se empeñaba en dormir en su cama.
Pero el rey, enfadado, le dijo:
-No debes despreciar a quien te ayudó cuando estabas necesitada.
La tomó con los dedos, la llevó arriba y la dejó en un rincón. Pero cuando la princesa ya se había acostado, se acercó la rana a saltitos y exclamó:
-Estoy cansada y quiero dormir tan bien como tú, conque súbeme a tu cama o se lo diré a tu padre.
A la princesa se le acabó la paciencia. Cogió a la rana del suelo y, con toda su fuerza, la arrojó contra la pared.
-¡Ahora descansarás, rana asquerosa!

Pero en cuanto la rana cayó al suelo, se convirtió en un príncipe, un apuesto mozo de bellos ojos y dulce mirada. El rey lo aceptó como compañero y esposo de su hija. Contó entonces a la princesa que una bruja malvada lo había encantado, y que nadie sino ella podía sacarlo de la charca y desencantarlo. Le dijo también que al día siguiente se marcharían a su reino.

Por la mañana llegó una carroza tirada por ocho caballos blancos, adornados con penachos de plumas de avestruz y cadenas de oro. En él se fueron los dos al reino del príncipe, donde vivieron muchos años felices.

FIN

Recuperado el 01/12/2016 en: Jimdo. Ilustración: Rana.

Es un trabajo realizado con fines educativo.

Caperucita Roja


Había una vez una niña muy guapa. Su mamá le había hecho una bonita capa roja y la muchachita la llevaba tan a menudo que todo el mundo la llamaba caperucita roja.

Un día, su madre le pidió que llevase unos pasteles a su abuela que vivía al otro lado del bosque, recomendándole que no se entretuviese por el camino, pues cruzar el bosque era muy peligroso ya que siempre andaba acechando por allí el lobo.

Caperucita recogió la cesta con los pasteles y se puso en camino. la niña tenía que atravesar el bosque para llegar a casa de la abuelita, pero no le daba miedo porque allí siempre se encontraba con muchos amigos: pájaros, ardillas…de repente vio al lobo, muy grande, enfrente de ella y le pregunto: ¿a dónde vas? A casa de mi abuelita  -le dijo la niña, el lobo pensó que no estaba lejos.

Caperucita puso su cesta en la hierba y se entretuvo cogiendo flores: -el lobo se ha ido- pensó, no tengo nada que temer. La abuela se pondrá muy contenta cuando le lleve un hermoso ramo de flores además de los pasteles.

Mientras tanto, el lobo se fue a casa de la abuelita, llamó a la puerta y la anciana le abrió pensando que era caperucita. Un cazador que pasaba por allí lo vio todo. El lobo devoró a la abuela y se disfrazó de ella, luego se metió en la cama de la abuelita.

No tuvo que esperar mucho, pues caperucita llegó rápido. La niña se acercó y vio que su abuela estaba muy cambiada.-abuelita, abuelita, ¡que ojos más grandes tienes!-son para verte mejor- contesto el lobo-abuelita, abuelita , ¡que orejas más grandes tienes!-son para oírte mejor, -contesto el lobo-abuelita, abuelita , ¡que dientes más grandes tienes- son para ¡¡¡¡comerte mejor aaa! y diciendo esto, el lobo se abalanzo sobre la niña y la devoró.

Mientras tanto, el cazador se había quedado preocupado creyendo adivinar las malas intenciones del lobo y decidió echar un vistazo a ver si todo estaba bien. Pidió ayuda a un serrador y los dos llegaron a la casa de la abuelita. Vieron la puerta de la casa abierta y al lobo tumbado en la cama, dormido de tanto comer.

El cazador saco un cuchillo y rajo el vientre del lobo. La abuelita y caperucita, estaban allí vivas. Para castigar al lobo, el cazador le llenó el vientre de piedra y luego lo volvió a cerrar. Cuando el lobo despertó, sintió mucha sed y se fue a un estanque cerca para beber. Como las piedras pensaban mucho, cayó en el estanque de cabeza y se ahogó.

en cuanto a caperucita y su abuelita, no sufrieron más que un gran susto, pero caperucita había aprendido la lección. Prometió a su abuela no hablar con ningún desconocido que se encontrara en el camino.
de ahora en adelante, seguiría las juiciosas recomendaciones  de su abuela y de su mamá. 

fin

Recuperado el 01/12/2016 en: Jimdo. Ilustración Caperucita.

Es un trabajo realizado con fines educativo.

ALICIA EN EL PAIS DE LAS MARAVILLAS


Sucedió una vez, durante una hermosa tarde de verano, que una niña rubia llamada Alicia, paseaba por el campo junto a su hermana mayor, llamada Ana. Hacía calor y la mayor dijo:
¡uf...! No me apetece caminas más. Me sentaré a leer bajo la sombra de este árbol.
Ana empezó a leer en voz alta y Alicia, aburrida, optó por sentarse a su vez bajo la sombra fresca del árbol próximo al de su hermana. Empezaba a amodorrarse, cuando vio pasar a un Conejo Blanco estrafalariamente vestido que decía:
-¡Ah, caramba! ¡Llegaré tarde! ¡Siempre llego tarde!
Tendrá que darme más prisa...
Alicia pensó que aquel conejo era algo tonto. ¿Qué tenía que hacer un animal como él para preocuparse por la puntualidad?

A su vez, Alicia hizo la tontería de seguirle.
¡Vaya cosa rara! ¡Pero si el conejo se había metido por el hueco del tronco de un árbol! Atolondradamente, ella le siguió y, con toda facilidad, entró por el agujero. Entonces pensó si salir sería tan fácil como entrar.
A pesar de ello, obsesionada como estaba por las idas y venidas del Conejo, siguió gateando tras él.
Iba por un estrecho sendero que bajaba siempre y cuando el conejo pasó por el ojo de la cerradura de una puerta, pensó que le sería imposible hacer lo mismo. Llegó el momento en que fue a dar en un pozo muy profundo. El Conejo, por algún lado, seguía diciendo que iba a llegar tarde.
Por fin, su viaje continuó en una sala llena de mesitas repletas de manjares y destacaba una botella que decía Bébeme..

Alicia tomó un poco de su contenido y sucedió un prodigio: se fue achicando y achicando. También descubrió una llavecita sobre una mesa de cristal. La tomó, mirando a todas partes, pero le costó divisar una puerta. Cuando la encontró, con aire de penetrar en un misterio, la abrió con aquella llave y se dijo contenta: -Menos mal. Es la llave que necesitaba. ¡Qué aventura estoy viviendo!
Detrás de aquella puerta sólo existía un pasadizo. El conejo se le había perdido de vista, pero ante sus ojos aparecía un magnífico jardín con una casita al fondo. 
Entro en ella...
Sobre la mesa del comedor encontró un apetitoso plato de guisado. En cuando lo probó, comenzó a crecer y crecer. Tanto creció, que su cabeza rompió el techo, asustando a un ave que anidaba en el tejado y que comenzó a gritar:
¡Auxilio! ¡Acabo de ver un monstruo!
- No soy un monstruo. Soy una niña -se defendió.
-¡Mentira! -volvió a chillar el ave- No hay ninguna niña que tenga un cuello, brazos y piernas tan enormes.
¡Fuera de aquí, si no quieres que te picotee la nariz!
Luego la niña vio otro plato con exquisitas setas guisadas y pensó que quizá tuvieran la virtud de hacerla disminuir de estatura. Comió unas pocas y descubrió que, en efecto, se achicaba.

Entonces le fue posible atravesar una puertecilla y pasar a una coquetona salita de muebles diminutos. Pero, viéndose tan pequeña, eso no  la consoló.
¿No iba a ser más lo que fue?
Encima de una de las mesas descubrió una apetitosa tortita y decidió comerla, para ver qué sucedía. Entonces, de nuevo empezó a crecer y crecer.
-Me estoy alargando otra vez como un telescopio -se dijo, sin saber ya qué iba a ser de ella.
Y tantas lágrimas derramó que la sala comenzó a inundarse. Hasta temió volverse loca.
De todas formas, como tenía que hacer algo para recobrar su verdadero tamaño, bebió de una botellita y al instante empezó a encoger. Pensó: -Me he convertido en un sube y baja. Tanto he disminuido que el resto de la tortita que conservo en la mano me parece una montaña. ¿Por qué se me ocurrió seguir al conejo?
¡Se había hecho del tamaño de una nuez!

De repente cayó y creyó que había caído al mar, pero no. ¡Se trataba de sus propias lágrimas! Para no ahogarse, saltó a la barquita de papel de la torta y, navegando siempre, fue a parar a un extraño lago poblado por una serie de seres pintorescos y también amenazadores. ¿Se estaban burlando de ella? 
Mirándola, se hacían gestos unos a otros, como si Alicia fuera un bicho raro. ¿Pero es que no se habían mirado a sí mismos? Había una coneja con una capota de lo más ridículo, una estrella de mar con cara de mico, un pulpo que se le antojó lleno de ranos y una especie de pato con un pico que parecía la bolsa del mercado. ¿De dónde habría salido?
Poniéndose muy seria, preguntó:
¿Podría alguien indicarme el modo de salir de este lago?
Por toda respuesta empezaron a reír de un modo grotesco y más que ninguno el pato o pájaro bobo o lo que fuera. Lo estaban pasando en grande a su costa. Al fin, enfadada, estallo:
-¡Son ustedes unos grandísimos maleducados, ea!
Mientras se alejaba con gran trabajo por su propios medios de aquel charco, no lago, seguía oyendo las risotadas de los estúpidos que dejaba a sus espaldas.
Al llegar a la orilla, agotada, se sentó a descansar sobre un hongo. Por suerte para ella acertó a pasar  un gusanito sonriente y se dirigió a él.

-¿Sabes tú de algún remedio que me ayude a crecer?
le preguntó con dulce voz para no ser rechazada.
¡Empezaba a hartarse de todo lo visto desde que penetró  por el agujero del árbol!
-¡Ciertamente, amiga mía. Ese hongo sobre el que estás sentada te hará crecer si lo comes por uno de los lados: por el otro, te hará mermar.
Dio un mordisco pequeño por una parte. ¡Oh, crecía más! Y se apresuró a morder un gran trozo del otro lado. Así consiguió Alicia recuperar la talla.
No lejos de allí, la pequeña aventurera vio una mesa muy bien puesta, con un exquisito servicio aunque los comensales eran realmente extraños. Entre ellos se hallaba el conejo blanco. Debió reconocerla porque amablemente, aunque con su aire de pícaro, le preguntó: -¿Quieres acompañarnos a comer, pequeña?

Alicia, que de nuevo sentía hambre, accedió. Mientras participaba del banquete, Alicia pensaba que por allí todos estaban locos de atar.
Como ya se había quedado bien alimentada, la niña se levantó de la mesa, con un saludo general, pero sin olvidar despedirse cariñosamente del gusanito, que tan amable había sido con ella.
Poco después tenía ocasión de contemplar algo realmente sorprendente: todo un ejército de cartas de baraja de las que salían cabezas, brazos y piernas.
Algunos de ellos se dedicaban a pintar de rojo las rosas blancas.
-¿Qué estáis haciendo? -preguntó Alicia, muy sorprendida.
-¿No lo ves? Estamos pintando de rojo las rosas blancas porque hemos arrancado, sin darnos cuenta las rosas rojas del jardín de la Reina y si ella se entera hará que nos corten la cabera -respondieron las extrañas figuras.

- ¿Quién es vuestra Reina? -preguntó la niña.
En ese momento apareció la Reina de la Baraja.
Uno de los pintores dijo muy por lo bajo que la Reina tenía un genio espantoso y castigaba a todo el mundo a la menor falta, e incluso mandaba decapitar. En aquel momento, la mujer gritó:
¡Que le corten la cabeza a esa intrusa!
Como Alicia viera que los soldados carta se disponían a atacarla, soplo con fuerza y todos fueron por los suelos. Luego dijo:
-Mi condición es superior a la vuestra, porque soy humana.
Entonces llegó el Conejo Blanco con otros animales y todos, con los soldados, se lanzaron sobre la niña, esgrimiendo bastos y espadas.
¡La que se armó allí! Alicia, naturalmente, trató de escapar a base de correr e intentar marearlos, pero no le sirvió de nada, porque los objetos más extraños caían sobre su cabeza.

Entonces sí que empezó a chillar, pero fue hecha prisionera y llevada ante el tribunal presidido por la terrible Reina de la Baraja.
Sentada ante el tribunal sin posibilidad de escapatoria, Alicia quería responder a las acusaciones de la presidenta de dicho tribunas, o sea, de la Reina. Pero ni le daban tiempo ni permitían que se la oyese.
La calificaron de criminal invasora, de ladrona del Reino de la Baraja, de querer usurpar el trono, en fin, de mil tonterías por el estilo, pero que tenían a la muchacha al borde del terror.
Ella llegó a taparse los oídos con las manos.
De pronto, con un esfuerzo supremo, Alicia pudo levantarse de la silla y echar a correr. La Reina, bajando de su sitial, corría tras ella, pero estaba tan gorda que no pudo seguirla y tuvo que desistir. Por el contrario, los soldados carta volvían a perseguirla con sus espadas y garrotes. La niña, con espantosos chillidos, seguía corriendo.
Y de pronto, sintió que caía rodeada de los objetos más variados de los que había visto en su recorrido por tan extraño reino.

El conejo blanco, sin perder su gesto burlón, caía también cerca de ella. Alicia chilló más fuerte y una voz conocida y cariñosa, sonó a su lado:
-¿Por qué chillas así, Alicia?
Era su hermana Ana, todavía con el libro entre las manos. Aliviada, comprendió que había sufrido una terrible pesadilla....

Recuperado el 01/12/2016 en: Jimdo. Ilustración Alicia.
Es un trabajo realizado con fines educativo.